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Martes, 18 de septiembre de 2018

Juanjo Coronado
Miércoles, 11 de julio de 2018
OPINION

España

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El problema de este país no es que lo gobierne la izquierda o la derecha. El problema es que llevamos 500 años discutiendo quienes somos, mientras en otros de nuestro entorno la discusión gira en torno a que se hace mal y bien. El problema de España es no creernos nuestras propias posibilidades, ni que cuando hacemos algo bueno somos los mejores en ello. No hemos sabido reivindicarnos, ni glosarnos siquiera de puertas adentro. Pongo un ejemplo: cualquiera al que se le preguntara por ello, subrayaría que la idea de la libertad individual, de conciencia como contrapeso al clero, nació en la Revolución Francesa. Cualquiera al que se le preguntara en España: fuera probablemente nos dirían que nació gracias a un español, como Miguel Servet, que pagó por ello con una muerte tortuosa y sádica como pocas en la historia de la Humanidad. Y no quiero ser reiterativo, pero el momento bélico más álgido de la historia reciente de la humanidad, el Desembarco de Normandía, fue posible gracias a los estudios sobre los trabajos de un ingeniero español, sobre el movimiento de tropas españolas en el Desembarco de Alhucemas y a la imaginación / capacidad de mentir de un tercero.

 

 

A Bismarck se le atribuye una reflexión sobre el poderío de la nación española: el abuelo de Günilla habría dicho que España era el país más fuerte del mundo ya que llevaba toda la vida intentado destruirse a si mismo sin conseguirlo. En estos momentos de posverdad, dudo si el canciller dijo eso o es una invención más que nos hemos tragado al estilo de las supuestas carreras internacionales de dos olvidados científicos que resultaron ser el “Niño Polla” y Fran Perea, pero la frase no puede ser más certera.

 

 

“España es un concepto discutido y discutible”, dijo en una ocasión el contador de nubes. No es cierto: puede discutirse en los programas de televisión, en las barras de los bares o en las cenas de Navidad familiar. Puede discutirse del mismo modo que se hace con los fichajes del Real Madrid, la vida después de la muerte o si para la siesta veraniega acompañan mejor los documentales de peces o la etapa llana del Tour. Pero un presidente del Gobierno, por razón del cargo, no puede permitirse discutir el país, sino que pais queremos.

 

 

En los últimos días, y cambiando de acera política, he oído muchos piropos a Ceuta y a España. Que si con cierto partido es más segura la pertenencia de la primera a la segunda o que si la Ciudad de mi vida es el corazón del país. Que Ceuta es España, vamos. No tenía la menor duda. Pero mandar al subconsciente el mensaje de que la pertenencia de Ceuta depende de quien gobierne en el resto de España es tan poco atinado como lo del país discutido y discutible. Lo digo por lo que va calando, cual lluvia fina, de que aquí estamos de prestados y no por siglos de tradición. Mal asunto.

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