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Miércoles, 19 de septiembre de 2018

Juanjo Coronado
Viernes, 13 de abril de 2018
Bajo el signo de Luperca

Carta abierta a un milagro de primavera

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Solo recuerdo enamorarme de dos mujeres imaginándolas por lo que decía de ellas un papel. La primera, Yaiza Perdomo, tenía “el don sobrenatural para aplacar las bestias, aliviar los enfermos y agradar a los muertos”. Eso debió ser en mi niñez tardía o en la primera adolescencia. La otra tenía una descripción menos poética que la de Alberto Vázquez Figueroa, pero me caló infinitamente más. XX al 99%. Todo bien. Niña. Tu

Posiblemente, si algún día lees esto, de la niña de mis ojos solo quede mi recuerdo en sus formas de mujer. Pero hoy quería escribir esto para aclararte ciertas cosas. Quiero que sepas que no vienes de casualidad; el tuyo fue un anuncio esperado durante mucho tiempo. Otra vuelta a empezar, otra vez un suspiro de decepción. Otra vez será, o no. Y así, hasta el mes siguiente.

 

Pero fue. Eres. Y aquí me tienes postrado a tus pies. Yo que creía venir de vuelta de todo; yo, que siempre procuro ver la letra pequeña de la vida, derrumbado como un castillo de naipes ante tu sóla contemplación. La vida, esa que juega contigo como una amante caprichosa; esa que vemos en la madre que extraña, el niño que llora o el viejo que olvida; esa que es un foco que se difumina entre la lluvia, me reservó una dimensión desconocida de ella misma justo a mitad del camino.

 

No podrás tener miedo, porque tu me has enseñado lo que significa de verdad. El miedo a no llegar a verte, el miedo a fallarte, el miedo a que te pasara algo desde el instante mágico en que todo conectó como debía hacerlo para llegar hasta el día en que naciste. Tan pequeña y enseñándonos no solo a temer, sino a tener esperanza y a cambiar cualquier camino trazado de antemano. A darle la verdadera importancia a todas las cosas.

 

No me preguntes por qué te vas a llamar así; simplemente, surgió. Como por casualidad nos conocimos los dos adultos que ahora te entregan su alma como regalo de bienvenida. Vienes a un hogar con cuatro abuelos babeando solo de soñarte. Se que me desafiarás; he encargado toneladas de paciencia a los duendes que la fabrican y hecho mil ofrendas a los hados de la ternura. He entrenado meticulosamente un ejército de gatos para que sean tus compañeros de travesuras y cuidado mis hombros para cuando quieras subirte en ellos a coger la luna con los dedos. Estoy preparado para lo que decidas tu. La pregunta que me deja sin respuestas y la respuesta a todas mis preguntas.

 

¿Qué más decirte?. No lo se. Lo juro por el Patio de los Leones, el sol sobre la Mujer Muerta o Roma desde el Giannícolo: los tres milagros de los que si puedo dar fe. No, no tengo respuesta racional. Solo se que debo, de antemano, asegurarte mi protección, advertirte de mi consejo y darte las gracias. Por venir. Por ser la cruz que completa mi Sagrada Familia. Y porque solo tu primer llanto justifica mi vida entera.

 

Atentamente: Tu padre

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