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Lunes, 18 de diciembre de 2017

Juanjo Coronado
Sábado, 25 de noviembre de 2017
Bajo el signo de Luperca

VIOLENCIA MACHISTA 25 N- El viaje de Sara

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Aquella embarcación que acababa de atracar en algún lugar del sur de Francia llevaba a bordo a varias mujeres. Una de ellas huía por ser, tal vez, la mujer de un líder político fallecido semanas antes. Otra, negra de piel y casi una niña, fue retratada como la sirviente de esta última. Aunque hay quien piensa que fue la hija. De ser cierta la teoría filial, estaríamos ante uno de los misterios menos difundidos de la historia de la humanidad: Jesús de Nazaret y María Magdalena no solo habrían tenido en Sara la Negra a su hija, sino que el Rey de Reyes era de raza gitana.

 

2016 años después, la historia sigue repitiéndose. No sé si dentro de siglos Ceuta será un lugar al que acudan miles de personas a reverenciar a una virgen surgida de las aguas, pero el punto de partida es el mismo. A veces las veo pasar y las escrudiño con la curiosidad del aldeano: jóvenes, fibrosas, guapas en muchos casos y, como La Kahli, surgidas de las aguas y huidas de sabe Dios qué ni dónde.  En tierra extraña. En lugares que ni siquiera habrían situado en el mapa. En otra cultura. Solo ellas, tal vez, sepan qué estragos habrán sufrido, cuantas humillaciones, para soñar un mundo mejor en Europa. Se las mira con recelo; el mismo que no existiría si vinieran con un Oscar o un Grammy bajo el brazo. Siempre recordaré la mañana en que conocí a Juan Pablo: su madre, gestante, había logrado cruzar la valla el 29 de septiembre de 2005. Su padre quedó al otro lado del perímetro. En aquel año en que generaciones enteras veíamos por primera vez humo en la chimenea del Vaticano, un niño de piel negra era bautizado con el nombre del vicario de Cristo en una humilde ceremonia a la que asistíamos un grupo de periodistas y una familia local que hizo las labores del apadrinamiento.

 

Hace años, en un encuentro entre periodistas, una reputadísima compañera me explicaba qué le había llevado a abandonar la comodidad y la alta sociedad parisina con la que se había codeado para dedicar su vida a trabajar en territorios perdidos de África. Me hablaba de mujeres cuya vida valía menos que la de un Kalashnikov. La misma arma usada para penetrarlas en esas guerras de las que no hablamos. No solo las humillaban de ese modo tan atroz los soldados del bando ajeno; también las marcaban de por vida como “mercancía usada” para los del propio.

 

A veces, pienso en cuantos han muerto tratando de venir a un país que tienen idealizado. “Yo quiero vivir en España; me da igual si es en Madrid, Barcelona o Deportivo de La Coruña”, me dijo una vez uno. Cuando el mar nos devuelve cuerpos inertes, juncos de ébano doblegados por el temporal, me siento afortunado por haber nacido en un país como este. Mejor, aún en su peor de la que nunca nos acordamos. Suelo encender después la televisión y, en ocasiones, encontrarme con un nuevo asesinato, una nueva mujer mancillada a la fuerza, otra concentración, un nuevo vecino amable que siempre saludaba y, como de costumbre, un lazo morado en pantalla con el 016 sobreimpresionado. Así, hasta 45 malditas ocasiones hasta este 25 de noviembre.

 

2016 años después, algo permanece inamovible desde aquel viaje capitaneado por José de Arimatea. Y que, en la tierra prometida, haya chicos que se comporten como los salvajes del fusil ruso y chicas que piensen que es por qué las quieren, solo deja una certidumbre. Que nuestra sociedad tiene, aún, muchas vergüenzas por tapar y mucha tarea por hacer.

 

Por las que se fueron y por las que vendrán. Ni una más, ni una menos.

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