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Domingo, 19 de noviembre de 2017

Juanjo Coronado
Lunes, 11 de septiembre de 2017
Bajo el signo de Luperca

Llorar

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Sostenía, en uno de los innumerables reportajes sobre la vuelta al colegio emitidos en días pasados, una psicóloga que "algo hacemos mal" cuando un niño de tres años llora en la puerta del Colegio en el que estrena su vida académica. No me acuerdo de como se llamaba la señora, ni conozco más a fondo sus argumentos, pero a esa frase le niego la mayor.

 

Lo normal es que un niño de tres años llore; se sienta abandonado por sus familiares y tenga miedo a que le dejen en un sitio extraño a su suerte. Lo normal es que a los mayores se nos caiga alguna lágrima pensando que el tiempo, poco a poco, nos va arrebatando esas tardes sin fin y esos horarios ilimitados para el gusano que nos alegra la vida con sus primeras palabrejas, su imaginación sin igual y esas travesuras tras las que cuenta trabajo aguantar la risa a la hora de corregir lo mal hecho.

 

Lo normal es que nos volquemos con esos niños, que les hagamos sentir poco a poco que estamos con ellos, que el hecho de ir al colegio no les priva de su infancia ni de nuestra ternura. Hasta ahí, normal.

 

Lo precupante, diría, es que niños de diez años pierdan el control de los esfínteres y rompan en llanto cuando el despertador les suena por primera vez en septiembre. El verdadero problema son la apatía y esas ojeras cargadas de melancolía en niños que aparentemente lo tienen todo. Lo que nos debe mover a reflexión es saber para qué quiere un moco de ocho o nueve años tablet, móvil de última generación o perfil en redes sociales. El nivel de fracaso social está en saber en qué momento y por qué dejamos de comer todos juntos y aprendimos a poner en la mesa el teléfono antes que el pan; cuando los mayores decidimos que los reproches en cualquier pareja -toda- se deben hacer a voz en grito y delante de los niños y no en la intimidad de la voz baja. Lo escalofriante es intuir que el matón de clase pueda serlo por la "obligación" en casa de ser siempre el más fuerte o, al contrario, descargar sobre quienes son felices el odio y el rencor recibido en el hogar. No enseñarles que los actos tienen consecuencia, a pedir disculpas, a que el daño a otra persona porque la consideremos gorda o fea puede ser irreparable. A jugar -convivir- en la calle. No educar desde el ejemplo: ningún espectador que, con su hijo de la mano, insulte a discreción al árbitro o los jugadores puede extrañarse si a la vuelta de unos años la Policía le llama preguntándole si es el padre de.

 

Y lo preocupante es cosificar los sentimientos. Pedirle a un niño que no llore, que no ría, que no grite, que no juegue, que deje ya de joder con la pelota es creer que tenemos un robot que se puede apagar con un botón. Pedirles que aparquen las emociones en un cajón. Que tarde o temprano se desbordará, y vuelta a empezar. Ese es nuestro problema social. Que un niño de menos de un lustro llore al verse en un parvulario, ley de vida.

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